A veces es necesario alejarse. Correr en la dirección opuesta y romper las cadenas que una misma se ha creado y que tanto aprisionan. Desnudarse física y moralmente y sentarse. Sentirse. Solo asi una adquiere la suficiente perspectiva para ver que lo que duele y turba no depende realmente del contexto en el que se encuentre, si no del contexto en el que haya decidido encontrarse. Ha sido duro el camino pero ahora, con las mejillas doloridas y a ras de suelo, los sueños vuelven a convertirse en algo alcanzable. Levantarse y caminar es cuestión de elección propia. No hay nadie más. Solo tu persona. Y solo es ella la única capaz de dar o quitar la fuerza necesaria para subir el siguiente escalón. Y aunque la subida me asuste casi tanto como que aquel que maneja, desde la distancia, mi tranquilidad, haga una de sus reapariciones esporádicas y descoloque los peldaños que sustentan mi integridad física, es necesario levantar el pie y dejar, lentamente, que el alma se vaya recolocando.
Hoy tengo claro que no te eligen, eliges. Y yo he elegido no elegir, dejar que las cosas se vayan ordenando solas, que el viento arrastre de una vez por todas todo lo que pesa e incordia. Por si acaso, he agujereado mis bolsillos. Todos los intentos para apartarme de ti son pocos, asi que veremos que es lo que se desliza a través de ellos.
Tengo demasiado que darte, y tu solo eres un chiquillo inmaduro que cree que el postre es lo mejor de la comida, cuando lo que realmente se lleva la palma es el cigarrito de después. Cuando ya no te queda más que apoyar la espada en el respaldo y, totalmente saciada, pedir un chupito de crema de orujo.
Aun con todo, se vive mejor en compañía: nos hace falta un copiloto. El error está en limitarse a ser el acompañante del otro y dejarse conducir por la vida. Pues bien, para mí ya se terminó el invierno. Ponte el cinturón, que salimos. Y esta vez... Esta vez pienso ir yo al volante.
La vida es corta, rompe las reglas, perdona rápido, besa lento y ama de verdad.
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