Voy suave, sin prisa. Procuro poner mi pupila en cada insignificante rincón de esta desconocida playa, no sea que me pierda algo. Ya me ha quedado demostrado que la eternidad no es algo alcanzable para la raza humana. Y puede que sí, que me haya vuelto nihilista, que ni el desamor dura para siempre. Ni tan siquiera un recuerdo.
Entonces hago lo de cada mañana. Subo las persianas, camino hasta la cocina, pongo la leche en el microondas, enciendo la minicadena: Save tonight de Eagle Eye Cherry y me tiro en la cama. Es extraño, pero es en ese instante en el que todo el universo se presenta ante mí como algo alcanzable. Voy a comerme el mundo, pienso. Y así cada día. Estoy saboreando cada centímetro de mi independencia, y el simple hecho de disfrutar ya es una variedad en mis días.
Entonces él me escribe a la blackberry.
Ya me lo ha dicho Ana: ordena tu vida antes devolver a desordenarla. Pero es que siento que huyo de algo que forma parte de mí casi tanto como los pulmones y entonces ocurre lo inevitable:
me asfixio.
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