sábado, 3 de abril de 2010

ONE HUNDRED AND TWENTY THREE


Soy incapaz de practicar sexo en otro sitio que no sea una cama, o un sofá en su defecto. Mi cabeza no contempla otro lugar. Sólo haría el amor, o practicaría sexo - diferenciación que en este momento he dejado de tener clara -, al aire libre si el sitio fuera sobrecogedor, maravilloso y solitario. Un sitio tan silencioso y solitario en el que pudiera escuchar el eco de mi respiración.

Es imprescindible que haya luz, muy ténue, eso sí. No tolero la oscuridad en ese momento, tampoco la excesiva iluminación. Necesito ver, solamente, determinados rasgos de la otra persona, sus sombras, la luz reflejada en la cuenca de sus ojos, en su barbilla, en su nariz.

Soy ultradefensora del sexo con amor, pero a falta de pan, buenas son tortas. Con o sin amor me implico igual, pero hay algo que marca la diferencia: soy incapaz de quedarme a dormir si no hay sentimientos de por medio, aunque sea de colegueo, y de hacerlo, me cuesta conciliar el sueño. En esas noches, sueño más que nunca, sueños irracionales, surrealistas y casi dadaistas. Duermo entrecortadamente y cuando me desvelo tengo que abrazar, besar la espalda, y volver a dormir. A veces me despierto e intento levantarme por mi lado de la cama, pero no, ahí hay una pared.

Pero hay una cosa que nunca cambia: mi vínculo irrompible entre la música y el sexo. Y ahora, hoy, ayer, mañana, en esta etapa, las canciones deben ser lentas. A mí me gusta así.

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