El jueves amanecí entre unas sábanas y unos brazos que no eran los míos, pero que gustosamente hubiera aceptado llamarlos como tal. Una pared llena de Polaroid y toda la discografía de Dorian sonando (aún) de fondo me daba los buenos días. El sol entraba a través de uno de los balcones, suave, lento, queriendo formar parte del decorado de la peculiar escena que allí acontecía. Peculiar para mí, claro. Quién sabe la familiaridad de aquello para el dueño de la casa, pero aún así: tampoco importaba. Aquella noche había sido yo, yo, y solo yo la encargada de robarle el sueño.
A mi lado, donde debería estar el gráfil cuerpo de un muchacho de 24 años, no había más que un vacío lleno de pequeños fragmentos, que como piezas de puzzle, reconstruían una historia de amor de 7 horas de duración. De esas que no duelen o desgarran el alma.
En el aire aún flotaba el recuerdo de los besos a los que tan desesperadamente recurríamos hacía tan solo unas horas. Más a lo lejos, unos pantalones pitillo oscuros se mezclaban con mi vestido, y una guitarra española me miraba desafiante desde su lugar contra la pared, retándome a ser tocada, recordándome como, también hacía tan solo unas horas, sus notas rrrodeaban mi cuello y trepaban hasta mis oídos. Fue un momento cargado de dramatismo.
Su voz, si bien podía no resultar adecuada frente a los cánones musicales, traía consigo una melodía similar al canto de las sirenas que atormentaron, en tiempos de Homero, a Ulises en La Odisea. Y hacia la cual caí de la misma forma en la que una piedra alcanza el suelo al ser lanzada.
El cansancio volvía pesados cada uno de mis míseros huesecitos, pero haciendo un soberano esfuerzo alcancé una camiseta grande y ancha con un letrero en la espalda: quiéreme tan solo hoy.
Sabía que al cruzar la mampara que dividía una gran sala en dos mitades me encontraría con el dueño de ella, pues aunque bien repartidos, ese pisito de Tribunal al que había ido a parar a penas contaba con 60 metros cuadrados.
Cuadros mal pintados, camisetas desgarradas, pilas de libros y un par de cámaras de fotos eran algunos de los compañeros fieles de Antón. Le encontré ahí, tal y como esperaba, frente a su enorme pantalla de Apple. El pelo alborotado y la tremenda fragilidad que me inspira su cuerpo reafirmaron mi teoría a cerca de aquel chico, bohemio de nacimiento y descuidado en gustos. Siempre sería una pequeña debilidad para mí. Y siempre querré enamorarle. Y vivir en su pisito de Tribunal.
Es la segunda vez que Antón Feijóo-Montenegro me puede.
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