sábado, 3 de abril de 2010

ONE HUNDRED AND TWELVE (y disfruto de ella)




Decía Ricardo Arjona que la soledad es una ingrata a la que se la va agarrando el gusto, con un alto riesgo de caer profundamente enamorados de ella. La soledad es un hotel que no es de nadie, una cama que no es mía. Despertarme a las tres de la mañana y no saber donde está el baño. La soledad es la gota de agua en el interruptor del baño que dejaste encendido y que no quieres apagar para no sentirte sola. La soledad es como un suplicio ingenioso de la naturaleza que hace que nos encontremos a nosotros mismos para aprender a valorar a los demás. La soledad es un espejo que no miente, ese montón de sonidos que hacen mucho ruido pero que nadie escucha. La soledad es uno, acompañado de los recuerdos del pasado, un beso que se desperdicia en la almohada, el ver la sombra y la silueta de alguien que ya no está. Es malvada, insoportable, maravillosa, que me gusta, no sé muy bien por qué. La soledad es entender, por fin, que no hay mejor compañía que la soledad. Es el velatorio de un día que se fue. Es dejar de estar haciendo nada, prepararte, vestirte, abrir la puerta, salir, para seguir haciendo lo mismo. La soledad, tu compañera, la del miedo, la de los futuros inciertos, la del camino, la búsqueda.



Y ahora, dicho esto, háblame de prioridades, sobre la posesión y lo exclusivo. Háblame de hacer por exceso para no sentirse inútil y acabar convirtiéndote en ello. Bueno no, hablaré yo.

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