Os contaré la historia de alguien que no tuvo miedo a conocerme. Que me dejó entrar en su corazón, con miedos pero sin barreras. Él tiene unos veintipocos, el apellido repetido y aún no sabe ver la estrella que tiene dentro, una lástima. Yo sí. Le intenté, os lo juro, pero entre el miedo a equivocarnos y las situaciones inadecuadas aquello se quedó en un suspiro y un par de canciones de amor tras la barra de un bar. Siempre lejos. Veréis, nunca encajé en su vida. Lo intenté también. Fui señorita por fuera y vacío por dentro. Ni con esas. Quizá no hubo sentido desde el principio y nos enfrascamos en una lucha contra aquel destino que nos alejaba y unía sin cesar, quién sabe. Lo cierto es que pusimos fecha a ese sentimiento. Yo me fuí, y con ello suicidé todos aquellos sentimientos.
Pero le ví, días y besos después. Tras otra barra de bar. Y le abracé como abraza el niño el globo que sabe que algún día se le escapará. Como solo he sabido hacer con él, esperando a que en el siguiente vaivén no salga muy perjudicada. Pero sabes, chico, tu lo lograste. Te atreviste a conocerme. No permitamos que eso que nos unió en aquel día, que fue más amistad que amor, más abrazos que besos, más hablar que sentir, muera.
Solo quiero que te des cuenta de lo mucho que te necesito, da igual cuando.
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